VIVIR | 1952 ‧ Drama ‧ 2h 23m


Obra maestra en mayúsculas. Posiblemente la mejor película de Kurosawa y por tanto una de las mejores del cine de todos los tiempos. Quien vea esta película y no sienta que debe hacer algo con su vida es que no tiene corazón. Conmueve y hace reflexionar sobre por qué estamos vivos, su título lo dice todo.






Todavía quedan ángeles en la Tierra.

No tienen alas, ni aureolas. Su aspecto puede ser el de una persona con la que te cruzarías en la calle. El aspecto de un oficinista de traje oscuro cuya existencia ha transcurrido enterrada entre papeles, vegetando en una especie de vacía imitación de esto que damos en llamar "vida".
Kurosawa toma a un hombre del montón, un hombre que lleva treinta años muriendo despacio, hora tras hora, consumido en la absurda rutina de los tiempos que corren. Tiempos de una civilización cada vez más compleja y carente de humanidad, en la que lo que falta precisamente es el tiempo, y la compasión, para todo lo que es de veras esencial. Falta tiempo y compasión para atender a quienes realmente necesitan ayuda.
Tantos funcionarios sumergidos como ratas en los cubículos impersonales de su propio egoísmo y de su propio alejamiento del pulso cada vez más débil de un corazón que se ha ido apagando latido a latido.
Watanabe es uno de esos funcionarios, bandera e icono de la aplastante y con frecuencia inútil burocracia que es uno de los mayores lastres de la actualidad.
Pero él va a recibir una señal, un aviso para concederse una segunda oportunidad en su vida malgastada: una condena a muerte. Un cáncer de estómago que sella drásticamente su destino.
Y entonces surge el héroe que estaba dormido, que moría lentamente en la indiferencia, y que justo ahora comienza a vivir. A despertar a nuevas sensaciones en su interior, y a lo que vibra en el exterior.
El ser humano es una criatura curiosa y bastante absurda, porque no sabe apreciar lo que tiene hasta que está a punto de perderlo.

De modo que Watanabe abandona su pátina de oficinista adormilado y se zambulle en el pálpito bullicioso de noches de embriaguez, ruido, música y frívola evasión, en días de búsqueda de una juventud y de una vitalidad perdidas y, por fin, en la gesta de una compasión bienhechora que dejará una pequeña pero profunda huella de su paso por este mundo cansado de sí mismo y que casi ha dejado de creer en los prodigios.
El pequeño ángel resurgido quizás sólo haya sido una tenue lucecita que una vez brilló entre tinieblas, pero una luz que, al fin y al cabo, tuvo el valor de resplandecer entre tantas lámparas demasiado arrastradas por una inercia que las mantiene apagadas.
Una de las grandes obras maestras del maestro Kurosawa, y me uno a quienes la sitúan entre las mejores películas de este planeta necesitado de héroes urbanos que deciden apurar su último aliento mientras cantan una canción de esperanza.

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