LOS SIETE SAMURÁIS | 1954 ‧ Acción/Drama ‧ 3h 27m


Posiblemente sea un top 5 de las grandes obras del cine y eso la sitúa como obra maestra entre las obras maestras. Se ha dicho todo ya sobre una de las películas más influyentes y también más influenciadas de toda la historia del séptimo arte así que poco vamos a aportar en esta reseña, pero, es obligatorio en cualquier obra de cine ya sea un libro, un cineforum, una web o un blog que se hable de ella y eso vamos a hacer aquí.






Kurosawa, consciente o inconscientemente, rueda un western japonés, todas y cada una de las claves del género americano aparecen en una película que, pese a sus casi tres horas y media en su versión completa (hay varias versiones), fluye con tal ritmo e intensidad, que nunca decae, nunca se atranca, nunca desilusiona. Y ojo hablamos también que eso ocurre ha día de hoy y con público de todas las edades algo al alcance de muy pocas películas clásicas y menos las llegadas del lejano orinte.
La planificación de Kurosawa, como en todo su cine, es exquisita y perfeccionista. Sólo a un maestro se le ocurre rodar la batalla final bajo la lluvia, el barro, los charcos, con los cascos de los caballos salpicando, al menos en aquellos años (hoy día le ha copiado todo el firmamento cine), la cámara lenta apenas se nota, quizás sólo poetiza la imagen en medio de la barbarie. El combate siempre es rápido, coreográfico y repetitivo, de un lado a otro del poblado, a la carrera, tronco recto y movimiento ineficaz, pero el bandido incurre una y otra vez en todas las trampas que diseñan los profesionales de la guerra, como los animales de caza adultos, diseñan la estrategia, colaboran en seleccionar la presa, abren el camino, pero el momento de la venganza lo suelen reservar para los cachorros, esos campesinos hambrientos de sangre que, ante la debilidad del enemigo aislado se abalanzan sobre él para masacrarlo. Están defendiendo lo suyo, pero también están demostrando que, como grupo, poco les separa de sus oponentes, es una lucha a muerte en la que el ser humano saca lo peor de sí, salvo, quizás, los samuráis, cuyo comportamiento bélico se ciñe al código del bushido aunque sus oponentes sean de todo, menos honorables. La mujer en la película es siempre víctima, víctima de los padres, de los maridos, de los bandidos, ya sea raptada o travestida en hombre, la mujer no puede ser ella misma a riesgo de desaparecer o ser ultrajada. A las mujeres no se las respeta, salvo cuando se trata de tomar venganza, aquí la voluntad de los samuráis cede ante el deseo de una anciana que quiere resarcirse de una muerte dolorosa, el enemigo vencido y humillado no es respetado y el código guerrero cede ante el deseo de una madre, la jauría vuelve a vencer y a derrotar a los samuráis. La diferencia de clases también marca las relaciones hombre-mujer, cuando los campesinos ocultan a sus mujeres e hijas saben que están tratando de evitar un adulterio o un amor imposible porque el propio samurái, por enamorado que pueda sentirse, terminará renunciando a esa mujer que perdió su melena por la cobardía del padre ante la indestructible barrera de la casta, afrontando que su único camino es la carretera y seguir aprendiendo el arte de la guerra.

No oculta su empeño estético el director, la banda sonora de Fumio Hayasaka con esa suite que acompaña a los combatientes, el uso del espacio natural tanto como lugar de batalla modificado por el hombre para mejorar la defensa como de goce estético, demostrando que la vida continua pese a las pequeñas disputas de los humanos, un paisaje donde las flores siguen brotando, los pájaros cantando, los árboles proporcionando sombra, el agua fluyendo para refrescar los sudorosos cuerpos de los hombres. Una naturaleza que tanto acoge el amor a primera vista de una joven pareja, como sirve de escondite perfecto para emboscar a los primeros bandidos que acuden a exigir la preparación de la cosecha. El paisaje se convierte en personaje en el cine de época de Kurosawa, la masa actúa como un único cuerpo sangriento y vengador, sólo los samuráis mantienen su identidad hasta el final, cada uno con su personalidad, su sabiduría, su astucia, su preparación. Bajo la lluvia y el barro, los perfiles se desdibujan y todo parece igual, pero la pose y el semblante hierático, armonioso, equilibrado del guerrero, destaca sobre la informe marabunta sólo deseosa de matar de cualquier forma. El samurái sabe que, para matar, y para morir, también hay que respetar una estética.


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