LOS OBSEXOS | 1989 ‧ Comedia/Destape ‧ 1h 35m


Dos simpáticos vividores, cansados de una vida monótona y aburrida, deciden vivir a tope, conocer sensaciones nuevas y rodearse de mujeres bonitas, para lo cual, lo único que se les ocurre es meterse en una agencia de turismo para trabajar de guías. A partir de ahora, viven a todo ritmo y de manera desenfrenada, hasta que, de repente, dentro de la agencia sucede algo imprevisto.







¿Qué es lo que le gusta al hombre español? Lo exótico, lo que no fabrica el país; sin embargo todo lo que llega de fuera, referente al producto cárnico femenino, es siempre bien recibido.
Y las playas son el mejor sitio para esperar y ligar.

Y no será porque no lo hemos visto un millón de veces ya. Si algo nos dejó claro la comedia costumbrista de nuestro país durante los '60 y '70 es que los nativos se quedaban embelesados con las mujeres llegadas de los rincones más remotos del globo, y allá, a esos rincones, querían irse muchas veces a prosperar y, de paso, a comprobar si la libertad sexual extranjera era cierta o sólo un cuento; quedan como testigo de esta época los arrebatos de Landa y López Vázquez. Pero hay que reconocer que lo de "¡a por las suecas!" tuvo su momento y la gracia no iba a durar toda la vida.
Tampoco es eterno el éxito de un director que se dedica a repetir los mismos esquemas durante toda su carrera, salvo que sea un genio y sepa cómo hacer que cada obra resulte fresca y original, y también se da el caso de que un cineasta, llegado a la etapa otoñal de su vida, decida revisionar su propia obra desde un enfoque maduro aun sin nuevos puntos que tratar. Esto último podríamos aplicarlo, por ejemplo, a Ingmar Bergman o Alfred Hitchcock...pero Mariano Ozores no es ninguno de los dos, ni tan siquiera, al llegar a dicha etapa, se dedicó a revisar su obra desde un enfoque maduro, más bien todo lo contrario.

El sr. Ozores fue un realizador todoterreno que siempre estuvo al pie del cañón y cuyos resultados de cara a la taquilla no podían ser mejores; además fue un hombre preocupado por la actualidad de su país y le gustaba retratar los temas socio-políticos y las inquietudes de los ciudadanos, siempre desde la sátira. Por tanto es bastante incomprensible cómo de anclado se quedó él y su trabajo cuando se fueron de su lado Andrés Pajares y Fernando Esteso, la pareja que más dinero le había dado, lo que coincidió con el declive del "destape", la aprobación de la Ley Miró y el auge de las producciones destinadas al videoclub.
El público se fue a buscar otro tipo de cine y el director no vivía una época creativa, tanto es así que se limitó a repetir, pero sin entusiasmo ni gracia, argumentos y temas ya vistos en sus obras anteriores, ahora con su hermano Antonio y Navarro al frente; mientras Almodóvar rompe esquemas con "Átame", Cuerda estrena la magnífica "Amanece, que no es Poco" y Trueba gana elogios con "El Sueño del Mono Loco", Ozores, con la colaboración de Enrique Barego al guión, quien ya le escribió "Veneno que tú me Dieras", se va a rodar a las playas de Huelva una comedia que desde su inicio huele, sabe y suena a un cine ya desfasado y nada interesante.

La película se llama "Los Obsexos" y nos presenta a dos hombres maduros, Alberto y Julio, que trabajan en un chiringuito de la playa y están casados (con dos mujeres quizás veinte años más jóvenes a las que ignoran y desprecian...todo muy normal), pero que sólo tienen ojos para las voluptuosas extranjeras que se pasean por la costa; y la solución para paliar el hastío de sus existencias les llega por arte de magia y de la forma más incoherente cuando el guía de una agencia de viajes que les ofrece un puesto en su compañía.
Rápidamente la pareja, escabuyéndose de sus respectivas mujeres, que cualquiera con dos dedos de frente no las rechazaría, a base de patéticas artimañas (el modo en que ambos las repelen para marcharse de casa y culpándolas con toda la caradura llega a extremos insoportables), llegan a la agencia y, como dos inocentes palurdos que son, se convierten en las víctimas de un desfalco que el jefe tiene planeado, todo sin saberlo, claro, porque ellos sólo tienen en la cabeza las piernas (y lo que no son las piernas) de las turistas. Esto habría resultado incluso gracioso si no fuera por la inexistente gracia con que filma Ozores una trama harto vista y oída y con más agujeros que un panal de abejas.

Porque se percibe cierta desgana y un tono de cutrez general que llega a molestar, con la cámara grabando a su pareja protagonista a base de planos tan largos como los chascarrillos y bromas que hacen esforzándose para hacernos reír; "gags" que se estiran y estiran y que no parecen acabar nunca (el de la mujer anciana importunando a Navarro resulta tremendamente desquiciante), método que usa el director todo el tiempo, sin imaginación ni nada que se le parezca. Tampoco consigue otorgar a las playas de Matalascañas el brillo que sí tenían las de Torremolinos en sus obras anteriores.
Este brillo se pierde en la filmación de exteriores, en el ingenio para provocar la risa y en el talento para construir una historia amena y simpática. Siempre es un placer ver a Antonio Ozores y Juanito Navarro, porque la química que exudan en pantalla (o en teatro o en televisión) es difícil de igualar por otro binomio cómico, aunque esta vez no se da el milagro, quizás por los chistes tan pésimos que Barego se saca de la manga o porque se limitan a repetir de manera mecánica esos chistes y formas que les han hecho famosos en el medio; y por supuesto no ayudan los personajes tan repulsivos y sinvergüenzas a los que dan vida.

A su vera, un Paco "Arévalo" de nuevo de gangoso que a penas saca una sonrisa, un Simón Cabido ridículo, sobre todo cuando se disfraza de doña Croqueta, y otros secundarios que parecen que no saben muy bien donde están. Con sus bromas pasadas de fecha, su humor descerebrado y chabacano, su argumento imposible y sus concesiones a un cine tan marchito como el del "destape", el film hace que cueste creer que tras las cámaras se encontrara el hombre que un día fue uno de los más grandes cineastas cómicos del país.
Muy lejos quedaba el Ozores de "Objetivo: "BI-KI-NI" ", "Operación "Secretaria" ", "Yo Hice a Roque III" o "El Calzonazos". Lo de la imitación propia llega hasta la carátula, remedo de la de "Reír más es Imposible".

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