EL SOL SIEMPRE BRILLA EN KENTUCKY | 1953 ‧ Drama/Comedia ‧ 1h 32m | V.O. Subtitulada


Maravillosa película. ¿Como se pueden contar tantas cosas en tan poco tiempo?.John Ford lo hace. El juez Billy Priest encarna unos valores tan importantes que hace de la película un clásico por el que no pasan los años.Hay escenas memorables. Cuando el chico negro toca dixiland con su banjo en el juzgado cualquier yankee se hace sureño. La escena final con el juez de espaldas la repite Ford después en Centauros del Desierto y se convierte en una escena de culto. Pués aquí es todavía mas maravillosa, a los sones de " My old kentucky home". Es modesta en medios pero grandiosa en lo que nos cuenta y en como lo hace. Poca gente sabe que era la película favorita de Ford. Una autentica joya.








El sol siempre brilla en Kentucky incluye secuencias verdaderamente brillantes, como el intento de linchamiento, felizmente abortado por el juez Priest, y la del funeral, muestras del extraordinario talento narrativo de Ford, partícipe de la “infantil y espontánea habilidad en relatar historias, tan típica de Dickens como del cine americano, que sabe pulsar segura y delicadamente los rasgos infantiles de su auditorio” (S. M. Eisenstein, Teoría y técnica cinematográficas, “Dickens, Griffith y el film de hoy”, Madrid, Rialp, 1989: pág. 255), en palabras levemente impertinentes de S. M. Eisenstein (sea lo que fuere, esa espontánea habilidad en relatar historias es uno de los grandes valores del cine clásico).

La película, cuya acción se desarrolla en los primeros años del siglo XX (en otro tiempo, en un mundo anterior al orden presente, en palabras de Angelo Marchese y Joaquín Forradellas), está lejos de Ley de Derechos Civiles, promulgada el 2 de julio de 1964, y de las otras reformas sociales de la Great Society enunciada por Lyndon B. Johnson. Sin embargo, el sentimentalismo hábilmente medido de Ford, los personajes arquetípicos, la tolerancia y la reconciliación (aunque teñidas de un cierto paternalismo) y, especialmente, la cadencia de la prosa del director de El último hurra y un innegable lirismo (como muestra de ello, una de las últimas escenas, filmada con la habitual delicadeza de su director, en la que el juez Priest, de espaldas, cruza el umbral de la puerta de su casa tras el desfile y el canto que celebran su reelección), justifican la especial querencia de Ford hacia esta película, pequeña y entrañable. En definitiva, una obra personal y maestra que recoge buena parte de las virtudes del cine de uno de los mejores directores de la historia.

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