EL JUEZ PRIEST | 1934 ‧ Comedia/Blanco y negro ‧ 1h 21m


En una filmografía tan descomunal como la de John Ford no todo pueden ser grandes aciertos y más cuando abarcó no sólo tantos géneros y estilos, sino que su escala temporal fue tan prolongada, haciendo cine por espacio de más de cuarenta años, que resultaría imposible a cualquiera que todas sus películas sean muy buenas.








Pocas cosas dejaron tan mancillada la dignidad del Sur de los EEUU, como la perdida Guerra de Secesión. El afán de preservar la esclavitud con argumentos tan necios como que los esclavos querían ser esclavos o que la vida que llevaban sirviendo a los blancos no podía ser para ellos más encantadora, sólo tenía un asidero en el absurdo y en el decir de algunos humildes negros que se sentían agradecidos por tener una vivienda y algo parecido a un hogar.

Es cierto que no todo el mundo los trataba mal, pero también es cierto que la gran mayoría fueron explotados, abusados y tratados como animales. Y, el sólo hecho de no poder decidir que hacer con la propia vida, es una violación a la dignidad y a la integridad humana.

La película de John Ford, parte de hechos semibiográficos contados por Irvin S. Cobb, un sudista decidido a exaltar los gestos humanitarios y el compromiso contra la intolerancia de un político de su pueblo al que él ha llamado el Juez William Priest. Se trata de un hombre justo y compasivo, pero que ve con naturalidad el tener a dos esclavos en su casa a quienes trata, eso sí, en muy buenos términos. Ford, por su parte, deja sentado su aire sumiso y decididamente tonto, características que, en nada favorecen a la raza negra, y que se suman al sentir del muy querido presidente Lincoln, el cual era justo… pero limitado.
Estas fueron palabras del antiesclavista mandatario dirigiéndose a los negros en 1862:”Vosotros y nosotros somos razas diferentes. Aún cuando dejéis de ser esclavos, estáis muy lejos de poder estar en igualdad con la raza blanca. No obstante, no hay ninguna razón en el mundo que deniegue a los negros todos los derechos naturales incluídos en la Declaración de Independencia (el derecho a la vida, a la libertad y a la felicidad)”. En buen español, esto significa: Ustedes merecen ser libres, pero recuerden que son inferiores. Así, a la lucha contra la esclavitud, le quedaba faltando el entendimiento de que todos los hombres somos iguales en capacidades para el desarrollo, para la socialización y el afecto. Pero, siglos de exclusión, de subestimación y maltrato contra una raza, es obvio que la hagan aparecer como si fuese tonta… Lo mismo le sucedió por mucho tiempo a las mujeres.

“EL JUEZ PRIEST” es otro esfuerzo por resarcir la perdida dignidad sureña. Hace eco de la tolerancia, confronta las actitudes clasistas, reivindica la justicia en igualdad para todos y ve con "simpatía" a los afrodescendientes. Esto se le reconoce y resulta plausible, pero, cuando exulta la “grandeza del sur” en su lucha contra quienes querían abolir la esclavitud, huele a mentecato sentimiento con puros afanes de distorsionar la objetividad y de mantener anclado el progreso de la humanidad en su avance hacia la unión y la igualdad de todos los hombres.

Su remake, “El sol siempre brilla en Kentucky”, pondría las cosas mucho más en su lugar, y sin duda, con mayor acierto.

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