EL ATAÚD DEL VAMPIRO | 1958 ‧ Terror/Misterio ‧ 1h 20m



Algunos expertos en la materia hablan de que Robles fue el primer vampiro con colmillos que vio el cine, que incluso se antepuso al vampiro de Christopher Lee estéticamente hablando. Más allá de si esto es cierto o no, cabe destacar que el valor de estas películas de Méndez va más allá de un par de dientes postizos, fueron películas que marcaron un estilo dentro del cine mexicano.








Para bien o para mal este film funciona a su modo, el terror se va diluyendo entre el tono cómico que le aporta constantemente Abel Salazar, pero la intriga se mantiene de forma soberbia. Si bien la narración tiene algún que otro bache en el medio, retoma la emoción al final gracias a la dirección acertada de Méndez. Su forma de llevar la historia tiene mucha gracia y a pesar de que el guión pueda ser tachado de plano, Méndez logra mantener al espectador siempre interesado en el siguiente fotograma.

Estéticamente la película es más que convincente, el juego de sombras y luces es un guiño sensacional al expresionismo alemán; todo un homenaje hecho con humor, respeto y con un conocimiento de la técnica. Incluso la forma en que el vampiro se transforma en murciélago es una muestra de como se puede simular prolijamente la falta de elementos.

Lo mejor sin dudas es la excelente secuencia final desde el teatro hasta el museo de cera, un montaje fascinante que aúna varios sucesos en un mismo lugar, donde varios personajes interactúan al mismo tiempo dejando al espectador prendido a la pantalla.

Es probable que su primera parte ("El vampiro", Fernando Méndez, 1957) sea considerada mejor que esta secuela, y también es probable que a algunos le moleste la reiteración del personaje. Pero también hay que tener en cuenta que sin ser el protagonista de una franquicia, Robles es un vampiro digno de recordar y hasta de imitar.

Lo mejor: la secuencia final con un paralelismo de hechos muy conseguido.
Lo peor: después que la acción deja el hospital hay más de una laguna narrativa donde prácticamente no sucede mucho hasta las escenas en el teatro.

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