LA BELLA Y LA BESTIA | 1946 ‧ Fantasía/Romance ‧ 1h 36m



La Bella y la Bestia de Jean Cocteau es una de esas películas mágicas que deja el cine cada muchos años. En cualquier libro de iniciados al aprendizaje del cine, le aparecerá como obra clave de visionado está versión del cuento que tantas veces se ha llevado a escena no sólo en teatro sino en cines que es lo que nos atañe a nosotros y decir por cierto, que las dos versiones Disney, sobre todo la animada son  más que recomendables, pero, una vez se visiona la obra de Cocteau, nos damos cuenta que esta posee un carácter especial, nos damos cuenta como la imagen se apodera de la historia para dejarnos la idea perfecta de como se deberían ver la palabras escritas por (se cree) Apuleyo en su libro de cuentos 'El Asno de Oro'.


Como siempre decimos, la función principal de CINEMATTE FLIX no es simplemente entretener, sino educar o más bien aportar valor a la pasión por el 7º arte y por eso, hoy estamos ante un acontecimiento único, ante una película que pasa directamente al apartado de obra maestra y de película que todo cinéfilo (no hablo de los que ven Netflix) profesional debe degustar de forma tranquila y reposada.








Estamos ante una de esas ocasiones donde el cine fluye en todos los sentidos. El acabado visual de la película es simplemente soberbio, el texto rezuma poesía en cada de sus palabras y la interpretación denota hermosura clásica que nunca llega a acartonar el producto para los espectadores actuales. Todo es onírico y directo y el ritmo fluye con cada escena que pasa de una forma distinta a los cánones actuales. Sin duda Cocteau como lo fue Buñuel o Fritz Lang entre otros, denota una capacidad artística muy superior al de otros directores de su tiempo. La Bella y la Bestia es arte en su máxima expresión.


Además decir que esta versión de Cocteau conserva una cualidad que ninguna de las demás adaptaciones ha logrado repetir después de ella: a pesar de ser una película de fantasía, en la que la magia impera a lo largo e la historia, La bella y la bestia de Cocteau goza de una magia tangible, más realista y seductora que nada tiene que ver con los efectos especiales prácticos ligados a la época, sino con el tratamiento humanista del mismo material y de sus personajes. En otras palabras, en esta La Belle et la Bête resulta más fácil empatizar con sus personajes principales, pues sus motivaciones y miedos son más ambiguos y, por ende, más complejos (particularmente en el caso de Bestia). Es importante mencionar que ésta tampoco fue una adaptación cien por ciento fiel del cuento original, aunque sí muchísimo más apegada; el poeta, escritor, pintor y cineasta francés hizo unos cuantos ajustes a la historia, haciendo del final el cambio más drástico de todos, dando paso a una lectura totalmente nueva y más melancólica.
Para su ambiciosa adaptación, Cocteau reunió a los mejores talentos de la industria cinematográfica francesa de su momento: Henri Alekan fue el director de fotografía, Christian Bérard se encargó del diseño de producción, Marcel Escoffier del suntuoso vestuario, Georges Auric escribió la música del filme y Jean Marais y Josette Day encarnaron a la mítica pareja. Además, el veterano director René Clément (acreditado como consejero técnico) auxilió a Cocteau con muchos de los efectos visuales de la película. Para rematar, Hagop Arakelian hizo la ardua tarea del maquillaje; solo para la aplicación de maquillaje de Bestia a Jean Marais se empleaban cinco horas. El resultado final de esta colaboración de veteranos fue una obra maestra del cine de cuento de hadas, impactante por su diseño, en muchas ocasiones surrealista, que materializa un universo hechizado de manera efectiva apoyándose de sus efectos especiales prácticos.
Desde sus primeras escenas, Jean Cocteau optó por humanizar el mundo mágico de Leprince de Beaumont, primero introduciendo a Bella y su familia –dos crueles hermanas, un hermano blandengue y un padre enfermo y con poca autoridad moral- en un mundo mordaz y difícil, lejos de aquél que Disney nos pintaría muchos años después con una modesta bibliotecaria y su padre trabajador, quienes viven sin lujos pero felices. En este contexto, las odiosas hermanas Félicie y Adélaïde, soñando con riquezas lejos de las posibilidades de su pobre padre, buscan hacerle la vida imposible a Bella con travesuras e insultos. Avenant (también interpretado por Marais) procura ser el amor de Bella hasta el cansancio, pero ni su belleza ni sus encantos logran conquistar a nuestra protagonista, quien únicamente vela por el bienestar de su padre. Sin embargo, más adelante descubriremos que sí existe una atracción física por parte de Bella hacia Avenant, detalle que será clave para la conclusión de la historia. Este mundo vil, escaso de oportunidades, y nada fantástico aún, constituye la excusa perfecta para que Bella visite el castillo de la Bestia después de que éste haya amenazado de muerte al padre de Bella por haber arrancado una rosa de su jardín. Esta rosa, trágicamente, era un regalo para la misma Bella.

Lo que sigue es el intento de un romance. Bella habita a manera de rehén el castillo de la Bestia y éste, enfermo de soledad y profundamente enamorado, le pide matrimonio todos los días a las 19 horas, cuando se encuentran para cenar. Ella se rehusa, horrorizada por su monstruoso aspecto, pero hay una dulzura melancólica muy evidente en su rechazo, como si de verdad le calase su sufrimiento a pesar de ser lo que es: una bestia. Ésta es la médula de la historia y la razón por la cual este romance funcionará eventualmente. Ambos personajes, aunque al principio ajenos a sus verdaderos sufrimientos, logran trascender los conceptos de apariencia y posesión que suelen existir en las relaciones románticas (la moraleja del cuento respecto al amor sincero), facilitando el paso a un “y vivieron felices para siempre”.
En el final de Cocteau, Bestia se transforma en el “príncipe encantador”, pero adoptando la forma física de Avenant -o sea, Jean Marais- y, a juzgar por su gesto, es evidente que Bella no está complacida del todo con este giro de tuerca. Aún en brazos de su príncipe, Bella logra suprimir su desencanto. Cocteau usa este momento para replantear la idea del amor ideal. Este detalle no lo encontramos en otras adaptaciones y, al menos en mi opinión, enriquece mucho esta versión.
Setenta años, el cine a color y los efectos especiales generados por computadora han pasado desde que Jean Cocteau decidió llevar a la pantalla grande la fascinante historia de La Belle et la Bête. Hasta la fecha, ningún otro director ha aportado tanta riqueza al cuento de Leprince de Beaumont como este genio y artista multifacético. En La Belle et la Bête de Cocteau, la magia torna tangible y nos recuerda que nuestro mundo y aquel de Bella y Bestia pueden no ser tan diferentes.


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