EL NOMBRE DE LA ROSA | 1986 ‧ Misterio/Crimen ‧ 2h 11m



¿El mejor papel de Sean Connery? Posiblemente lo sea o al menos está entre sus tres mejores papeles. Sean Connery en la madurez consigue dar a sus personajes una serenidad única que los convierte en exquisitos, pero, para paliar esa exquisitez tenemos a Jean Jacques Annaud afeándolo todo en la que posiblemente sea su mejor película. Resultado: una joya de los 80s que nadie se puede perder y que hoy CINEMATTE FLIX trae totalmente gratuita para ti en HD y en su versión con audio latino.










En la mayoría de los casos, una película no está a la altura del libro en el que se basa su realización, pero esto no ocurre con "El nombre de la rosa" y sin duda, estamos ante un trabajo magistral por parte de todos sus protagonistas.
Porque la dirección es magnífica, la caracterización de los personajes y del entorno impresionante, la adaptación de la obra de Umberto Eco más que correcta y las interpretaciones de los actores memorables, entre las que destaca el gran trabajo realizado por Sean Connery.
Así que para todos los amantes de esta gran novela, entre los que me incluyo, creo que esta película no les decepcionará y les permitirá volver a recordar una gran historia. Pues eso es sin duda "El nombre de la rosa", una grandísima historia llena de intriga, de diálogos increíbles, de enseñanzas para cualquier época, etc.
Y por si fuera poco, narra el triunfo de la razón y del intelectualismo, sobre el fanatismo, la ignorancia y el oscurantismo, por lo que nos deja una moraleja que siempre es de agradecer.

Cautivadora y sin fisuras, El Nombre de la Rosa va a enamorar a todos los seguidores de las películas de suspense, a los fans de las construidas de manera equilibrada, a los apasionados del mejor cine y a los que persiguen sólo entretenimiento del más sano.
Un Connery al que Eco no quería y se comió a todos con patatas en la que con toda posibilidad sea su mejor actuación, un Christian Slater con tonsura por entonces voluntaria completamente enamorado de una Valentina Vargas felina y bella, un magnífico Murray Abraham bordando otro papel de villano, un Michael Lonsdale solvente e hipnótico que parece haber pasado toda la vida entre los muros de una Abadía, un Ron Perlman constituido de manera definitiva en el monstruo oficial del Séptimo Arte, un Feodor Chaliapin Jr asombroso como malo malísimo y un elenco de secundarios recogidos por todo el mundo para adaptarse a las necesidades de un Annaud en estado de gracia, hacen de el Nombre de la Rosa una de las cintas indispensables en todas las videotecas que se precien.
No sé si es a causa de que las sotanas de los monjes fueran encargadas a los descendientes de aquellos que las venían fabricando desde el Siglo XIII, a causa de la ambientación milagrosa, a causa del inconmensurable guión, a causa de la divina banda sonora de Horner o a causa de lo logrados que están los manuscritos y sus iluminaciones, pero con El Nombre de la Rosa el espectador puede sentirse en todo momento como un paseante privilegiado y oculto por todo lo ancho y todo lo largo del más profundo Medievo.
Da tan buenos resultados la conjunción de personajes históricos tan oscuros y controvertidos como Ubertino da Casale con otros tan ficticios como luminosos como Guillermo de Baskerville que ya es difícil imaginar un período tan llamativo de la Historia sin un detective como al que da vida ese ser aventajado al que conocemos como Sean Connery.
Si al abrir la novela de Umberto Eco el lector puede sumergirse de lleno en el Siglo XIII, con la película de Jean Jacques Annaud los más hermosos muchachos llegarán a sentir en la nuca el resuello fatigado y pedregoso de Berengario da Arundel.




DETALLES CURIOSOS

-Cualquiera, menos Connery
Aunque ahora parezca inconcebible, Sean Connery fue el último actor consultado para interpretar a Guillermo de Baskerville: antes que él, tanto Annaud como los productores sondearon a una lista de intérpretes de lo más sorprendente. ¿Alguien se imagina a Jack Nicholson, Michael Caine, Ian McKellen, Marlon Brando, Paul Newman o Donald Sutherland vistiendo hábito franciscano y ojeando manuscritos? Pues eso. 
-De Niro quería espadazos
Al parecer, el nombre preferido por Jean-Jacques Annaud para dar vida a fray Guillermo fue el de Robert De Niro: contar con el italoamericano no sólo hubiese supuesto tener a un talento de primer orden en la película, sino también un fuerte gancho para la taquilla. Y, lo que es a ‘Bobby’, la idea le interesaba, además. ¿Por qué no llegaron a ficharle? Sencillo: De Niro quería que la película terminase con un duelo de esgrima entre Guillermo y Bernardo Gui (F. Murray Abraham). Dado que la película ya se tomaba bastantes libertades con este último personaje (un auténtico inquisidor experto en la quema de herejes), Annaud consideró que aquello ya era pasarse. 
-La primera división del siglo XIV
Como hemos dicho, nadie quería a Sean Connery para El nombre de la rosa: en 1986, al actor escocés se le consideraba veneno para la taquilla, hasta el punto en el que Columbia Pictures se negó a financiar la película tras enterarse de que él iba a ser el protagonista. A Umberto Eco, por su parte, le importaba un pimiento su potencial recaudatorio, pero tenía otras objeciones. Según cuenta Jean-Jacques Annaud, el escritor resumió su primera y única charla con Connery en cuatro palabras: “Sabe mucho. De fútbol”. 
-Christian quiere a Valentina
Para aquellos que vieron El nombre de la rosa en edad púber, la escena más memorable siempre será la del desvirgamiento de Adso de Melk (Christian Slater) a manos de una anónima campesina (Valentina Vargas). Y, si el momento de marras impresiona, su historia behind the scenes es graciosa cuanto menos: durante el cásting de la película, un Slater de 16 añitos se quedó tan impresionado con la Vargas que su madre (¡!) fue a hablar con Annaud pidiéndole que, por favor, contratase a aquella moza que tanto fascinaba a su retoño. 
-Cuanto más feos, mejor
Resulta difícil que un rostro destaque por su fealdad teniendo al lado a un titán de lo grotesco como Ron Perlman (el inolvidable Salvatore). Pero hay que reconocer que Annaud echó el resto en lo que a dirección de cásting se refiere: el director escogió a los secundarios de la película con el único criterio de que fueran lo más feos posible. ¿Por qué? Pues, aparte de para evocar un ambiente de miseria y superstición, porque la ambientación de la historia le recordaba a Darveil, el pueblo de Francia donde había nacido. Cuando los paisanos de Annaud se enteraron de esto, no se lo tomaron demasiado bien. 
-El venerable Chaliapin
Buscando a un actor para interpretar a Jorge de Burgos, Annaud (que no había conseguido reclutar a John Huston) se quedó encantado al encontrarse con aquel viejecillo esquelético y consumido. Cuando descubrió que el anciano de marras se llamaba Feodor Chaliapin, y era hijo del famoso cantante de ópera del mismo nombre, su gozo se multiplicó. Chaliapin, que había pasado décadas haciendo papeles secundarios, brevísimos y mal pagados, se comportó con una energía envidiable para sus 81 años: el rodaje le obligó a llevar lentes de contacto que le irritaban los ojos, y a aguantar temperaturas bajo cero.
-Paciencia de amanuense
La preproducción de El nombre de la rosa llevó la friolera de cinco años. Y buena parte de ese tiempo lo consumió la elaboración de los libros de la biblioteca. En pro del realismo, Annaud encargó manuscritos elaborados con técnicas medievales a la abadía italiana de Praglia. Durante el rodaje, pese a contar con protección policial, una de las páginas fue robada. Para terminar la escena en la que aparecía, el director tuvo que esperar a que los monjes volviesen a dibujarla: tardaron un año. 
-Arquitectura monumental
Para rodar los interiores de la abadía, el equipo de la película se trasladó a Alemania. Concretamente, al monasterio de Eberbach, fundado en el siglo XII por san Bernardo de Claraval. Como había que darle exteriores al lóbrego edificio, se erigió un plató en las cercanías de Roma que quedó como el decorado más grande edificado en Europa. Para los subterráneos, la solución fue más modesta: se usó el sótano de un restaurante de la capital italiana. 
-¿Quién me tiñe los cerdos?
Con su abadía ya levantada (y esperando arder), Annaud y su equipo procedieron a llenar sus pocilgas con numerosos gorrinos,, algo que en principio no presentaba complicación alguna… Hasta que el asesor histórico Michel Pastoureau apuntó que los cerdos medievales no eran rosados, sino negros. Ante la papeleta, el director ordenó teñir la piel de los sufridos animales. 
-Aquí huele a chamusquina
Si la escena del incendio en la biblioteca resulta tan angustiosa es porque, en realidad fue rodada a toda prisa y sin ninguna medida de seguridad. Sean Connery casi se achicharró al incendiarse su hábito (el director tuvo que tirarle al suelo y hacerle rodar para apagar el fuego) y, en general, todo el equipo se puso en serio peligro. Los mayores redaños los mostró Feodor Chaliapin, quien estuvo a punto de perecer cuando una viga desplomada cayó sobre su cabeza. Tras recuperarse, y ante el pasmo de sus compañeros, el actor declaró: “Yo tengo 81 años y moriré pronto. ¿Ha salido bien la toma?”. 
-¿De quién decías que era el nombre?
El guión de El nombre de la rosa prescindió prácticamente de todos los entresijos filosófico-medievales de la novela (y también, pena, de muchos de los insultos que se lanzan los piadosos teólogos). Pero no pudo librarse del mayor enigma de todos: el del nombre en cuestión. En el libro, este se debe a una cita latina traducida como “De la rosa sólo queda el nombre: sólo tenemos nombres vacíos”. Dicha frase conlleva una larga historia que atañe al texto de Umberto Eco (y a sus ambiciones intelectuales) pero que queda muy lejos de la película: normal que Annaud prefiriese quitarse el follón de encima e insinuar que hacía referencia a la campesina calentorra. 
-Laberinto pixelado ‘made in Spain’
Allá por 1987, Umberto Eco no sabía que existían unas cosas llamadas “videojuegos”. Imaginemos, pues, su sorpresa cuando un programador español llamado Paco Menéndez le solicitó permiso para ponerle el título de su libro (y de la película) a un programa de ordenador. El italiano estaba a otras cosas, por lo cual el juego se tituló La abadía del crimen (un título provisional del libro), pero no importó: el fray Guillermo pixelado se parecía razonablemente a Sean Connery, y tanto la calidad del programa como su desquiciante dificultad lo convirtieron en un clásico del software de 8 bits. Si quieres probarlo, puedes optar por la versión original para Amstrad CPC o por el estupendo remake La abadía del crimen: Extensum.



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