¿Espectador o triunfador? Tú eliges


Mucha gente sostiene que el talento es innato. Que la base del éxito radica en ello. Que todos nacemos preconcebidos por el destino, con un objetivo definido en la vida. Dicen, dicen, dicen. Lamentablemente, en una sociedad mal acomodada en el bienestar, eso es lo que defienden aquellos que nunca llegan a nada. Pero no por tener talento, pues el mismo viene dado por muchas circunstancias. Sino porque se opta ser espectador. No un triunfador. No un luchador. 

En una sociedad que dicta las normas, el que va un paso más allá de lo establecido consigue lo que otros se quedan mirando, observando, deseando y envidiando bajo una serie de normas y convenciones que lo anquilosan en una baldosa con cemento.


El talento nace de uno mismo, no viene prefijado en nuestro ADN, nos viene de nuestra capacidad para evolucionar, de querer cambiar las cosas, de querer conseguir nuevas metas. Una de sus características es el trabajo, el esfuerzo y la constancia diarios por conseguir la meta deseada. Pero para que ello sé dé hace falta fuerza de voluntad, y la voluntad no viene gracias a un mensaje de wassup, como tampoco los milagros vienen dados por la cantidad de tweets que lancemos a las redes sociales.

La voluntad es la que hace que detrás de cada obstáculo se abra una nueva puerta, es la que impulsa a la humanidad a seguir adelante, la que eleva a unos pocos a sobresalir entre el resto. Los grandes escritores, pintores, cineastas, periodistas, músicos, científicos o médicos no esperaban sentados a ser lo que quisieron ser. Podéis seguir siendo espectadores de ellos y de vuestras propias vidas, pero si queréis saber qué tienen en su interior, qué es lo que les impulsa como un cohete, cómo consiguen sus metas o cómo llegan a ser unos grandes en sus respectivos campos, una de las respuestas puede que no esté tan lejos de que lo crees. 

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