Crítica: TENTACIÓN EN MANHATTAN, de Douglas McGrath

Comedia romántica con Sarah Jessica Parker.

A continuación, nuestra crítica destructiva.









TENTACIÓN EN MANHATTAN
El ejemplo perfecto de lo que no se debe contar...

Asistir a una película con Sarah Jessica Parker como protagonista absoluto es como asomarse a un déja-vu que apela al vacío más sombrío, donde reina un inconmensurable eco de proporciones cosméticas, que no cósmicas. Un abismo donde revivir eternas películas con insulsos diálogos, gags que ya no hacen gracia, una pasión (o dejadez, según se mire) por la falta de conflicto, y la exaltación de los clichés y las frases prefabricadas de un mundo rosa, chic, a la moda, donde la superficialidad, si existiera como ente, haría su jodido agosto. Es más, existe como tal, sólo hay que ver quiénes han perpetrado tal engendro de película, productores de El diablo viste de Prada (2006), que a su vez era un subproducto derivado de las mentes pensantes de una de las series más caras y estúpidas, y que aludía al consumismo y el sexo vacuo a través de unas mujeres entradas en edad, como pilares básicos para buscar rentabilidad, gracias a un público femenino al que le encantan que le dicten cómo debe ir, qué hacer, cómo hacerlo, qué aparentar y le impresionen con supuestas verdades, o, en caso contrario, con una realidad imposible de alcanzar. Hablaba de Sexo en Nueva York, por si no lo intuían.

Kate Reddy (Sarah…) es analista financiera, cosmopolita, tiene una familia, hijos, un marido idílico, una buena casa, una niñera, amigas como parásitos, blablabla. Hasta que un día conoce a un tiburón de las finanzas, interpretado por un arrugado Pierce Brosnan, y empezará a dudar de sí misma y lo que realmente quiere. Otro rollo en el que se nos pone la dubitativa entre vivir rodeada de lujos con tío rico y galán, o vivir con la gente que te aprecia de verdad. Y en medio tenemos monólogos de los amigos de ella, mirando a cámara e intentando imitar a Annie Hall de Woody Allen, eso si, sin llegar a conseguir la brillantez de éste en el guión ni por asomo. Uf, vaya conflicto. Extenuación. El único conflicto de este film insípido y carente de alma es la duda que tendréis entre pagar la entrada para verla o hacer cualquier otra cosa, por ejemplo, sexo. Es más divertido que pagar por lo primero.

Dicen que en el cine, si no captas la atención del espectador en sus primeros quince minutos, éste desconecta totalmente de lo que está viendo. Yo desconecté a los tres minutos, quizás menos. Puede que tan sólo viendo el cartel. Dicho sea de paso, y hablando de carteles, me gustaría elogiar a los cerebros que han titulado la película en nuestro país, si I don’t know how she does it es Tentación en Manhattan, baje Bob Esponja y un Fruiti y empiecen a cortar cabezas. La dirección de un desconocido Douglas McGrath, digo desconocido porque no tiene ninguna película realmente destacable en su filmografía, responde a los intereses de una producción puramente industrial, sin estilo, sin chicha ni limoná, y con ansias de sacar los cuartos a una platea que no sabe lo que es el entretenimiento puro y duro, o el mero hecho de divertirse. Sinceramente, hay otras películas que cumplen con creces ese objetivo, ésta no. Horripilantemente típica, gore para las neuronas, salvajemente aburrida. Y para colmo, se basa en una novela.

Lo peor, lo desaprovechada que está Christina Hendricks. Y esto último, es pecado.

Análisis escrito por Gwynplaine Thor


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