Crítica: LA PIEL QUE HABITO, de Pedro Almodóvar, nominada a los Globos de Oro 2012

Nuevo film de Almodóvar.

Renovarse o morir, a continuación, nuestra crítica.












LA PIEL QUE HABITO
Deseos inconfesables de una mente maravillosa...




‘’Desde que su mujer sufriera quemaduras en todo el cuerpo en un accidente de coche, el Doctor Robert Ledgard, eminente cirujano plástico, se interesa por la creación de una nueva piel con la que hubiera podido salvarla. Doce años después consigue cultivarla en su propio laboratorio, una piel sensible a las caricias, pero una auténtica coraza contra todas las agresiones, tanto externas como internas, de las que es víctima nuestro mayor órgano. Para lograrlo ha utilizado las posibilidades que proporciona la terapia celular.

Además de años de estudio y experimentación, Robert necesitaba una cobaya humana, un cómplice y ningún escrúpulo. Los escrúpulos nunca fueron un problema, no formaban parte de su carácter. Marilia, la mujer que se ocupó de él desde el día que nació, es su cómplice más fiel, nunca le fallará. Y respecto a la cobaya humana…


Al cabo del año desaparecen de sus casas decenas de jóvenes de ambos sexos, en muchos casos por voluntad propia. Uno de estos jóvenes acaba compartiendo con Robert y Marilia la espléndida mansión, El Cigarral. Y lo hace contra su voluntad…’’

Psicótica. Delirante. Residual. Esquizofrénica. Ambigua. Bipolar. Paranoia. Psicodélica. Violenta. Absurda. Inteligente. Así defino el nuevo trabajo de Pedro Almodóvar, una moneda de dos caras, una oscura y otra luminosa, un compendio maravilloso de muchísimas influencias.


Un pastiche kitsch, minimalista, con reminiscencias al sadomasoquismo, bebedor del cine de Fritz Lang o el sangriento Dario Argento, incluso puede recordar vagamente en el fondo a Oldboy de Park Chan-Wook, el film es una oda al film noir, al terror más visceral, todo con un único propósito, juntarlo en una batidora, mezclar este mejunje y removerlo hasta límites insospechados, crear un cóctel de cine tan personal y propio que se aleja de etiquetas y géneros, y que como ya decía Antonio Banderas en una de las numerosas entrevistas concedidas a los medios, un film de Almodóvar no tiene género, él es uno en sí mismo. Muchos lo odiarán, otros tantos lo amarán, pero este hombre es incapaz de dejar indiferente con cada propuesta que realiza, y en eso reside gran parte de su mérito, sus historias son de todo menos previsibles, sus giros de guión dejan perplejos a la platea, sus escenografías impecables, la pasión y el empeño que pone en cada cuadro que compone, sus magníficos planos detalle, su visión de lo absurdo en consonancia con una realidad desagradable que genera, muchas veces, arrancarnos alguna risotada, ya sea por la ironía o el surrealismo del momento, consigue lo que otros directores ya quisieran para sí. Aunar demasiado y convertirse en el mismísimo Doctor Frankestein, es decir, ser uno de los grandes.


La culpa es mía, llevo en mis entrañas la locura dice Marisa Paredes en un momento dado del film, y así de sincero se muestra el director manchego con su público en cada línea de diálogo de esta neurótica historia sobre emociones encontradas y venganzas personales. Cada personaje creado en La piel que habito lleva un tanto de sus pensamientos y de su personalidad, de sus más profundos y oscuros sentimientos, de ese yo que nos carcome por dentro y no dejamos ver. El desarrollo de esta historia, basada lejanamente en Tarántula de Thierry Jonquet, empieza con el momento presente, y será a partir de la visita de un huésped inusual, un estrafalario ladrón de poca monta, lo que provoque el detonante perfecto para un inmenso flashback que abarca prácticamente todo el metraje de la película y que da pie a esta enrevesada tragicomedia vengativa, con una sexualidad atronadora por sus poros, y un referente clásico como una familia rota por la demencia, se convierte en un film un tanto irregular como ya nos tiene acostumbrados Almodóvar, pero no falto de momentos grandiosos, un ejercicio de estilo, de contención máxima al que pocas veces hemos asistido en el director manchego, aquí lo suficientemente sobrio en su manera de dirigir, con unas actuaciones más que medidas, sólidas, y todo eso a pesar de seguir mostrando sus característicos tics entre lo ridículo y lo gracioso en un argumento que se torna en una telaraña de vicios inconfesables, desquiciantes y violentos.
Técnicamente, tanto la fotografía de José Luis Alcaine, habitual en los films del director; como la dirección artística de Antxon Gómez se conjugan perfectamente para ofrecer una iluminación y unos decorados que hacen de cada escena un elemento con personalidad propia en el film, el detallismo subyacente por generar una atmósfera opresiva se hace evidente a medida que transcurre la historia, lo que produce en el espectador unas ganas de escapar de ese encierro claustrofóbico que tan bien se ha realizado, al igual que le ocurre al personaje de Vera, interpretado por la excelente y guapísima Elena Anaya. La música de Alberto Iglesias es toda una odisea, una pieza de gran valor, donde la nota predominante la llevan los violines como en el tema Los vestidos desgarrados que da pie a ese score que tanto se ha prodigado en trailers y anuncios televisivos y cuyas vibraciones se nos quedan grabadas a fuego en nuestros tímpanos; el uso del piano en El tema de Vera donde se nos describe la tristeza que esconde dicho personaje, el cual vive su encierro de la mejor forma posible; o el uso del saxofón (que no falla en ningún film de temática noir) descrito en el tema Pequeña Flor, dan fe de una obra de obligado escuche por separado; tampoco faltan un par de temas cantados por Chris Garneau y Concha Buika, así como un tema creado por el famoso grupo Trentemoller, llamado Shades of Marble, y que se nos antoja como la pieza psicodélica y más perfecta de esta enorme banda sonora musical. En cuanto a las actuaciones, tanto Marisa Paredes, como Antonio Banderas, Elena Anaya, Jan Cornet y Blanca Suárez cumplen a la perfección lo requerido por Almodóvar, contenidos en todo momento, cada expresión está esbozada al milímetro, sin dar pie a grandes histrionismos.
En líneas generales, el film de Almodóvar nos revela, quizás, la película más personal del manchego en la última década, mostrándonos a un director que quiere contarnos con esta historia que, dentro de sí, sigue siendo el mismo joven de siempre, pero ahora con mucha más experiencia, que su cine sigue siendo únicamente suyo y de los espectadores que lo siguen, que tras esa piel artificial, se esconden vientos de cambio, vientos de renovación. Las mejores venganzas se sirven en un plato bien frío, y Almodóvar lo sabe muy bien. Grande, muy grande.
Análisis escrito por Gwynplaine Thor

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