TITANIO


Más allá de cualquier logro deportivo, de victorias o títulos que acumulen en sus vitrinas, hay deportistas que llegan a convertiste en héroes y en todo un ejemplo de lucha y pundonor para el resto de los mortales, dando una auténtica lección de valores tanto en la vida como en el deporte. Daniel Pedrosa Ramal, un hombre
nacido para conquistar nuestros corazones ya sea dentro o fuera de la pista.


Más allá de los sentimientos que un servidor pueda tener por Dani Pedrosa -muy profundos ellos- no he podido resistirme a compartir con todos vosotros un artículo que me ha parecido sublime y muy emotivo, máxime teniendo presente los últimos acontecimientos respecto a Dani Pedrosa y su infortunio. No voy a añadir ninguna palabra más, salvo las que Alberto Gómez ha publicado en el blog dedicado al mundial de motociclismo Motocuatro.com.

Alguien muy sabio –motociclísticamente hablando- me reprendió en una ocasión cuando comenté en tono jocoso que Casey Stoner se caía más que la bolsa en época de depresión. Por aquella época alguien lo apodó ‘Rolling Stoner’ (algo que él, por otro lado detesta y que yo aprendí a borrar de mi vocabulario tras aquella lección).
“Mira, Casey se cae porque busca el límite más que nadie. Para ser bueno hay que caerse. ¿Conoces algún piloto campeón que no se haya caído fuerte? Sheene, Lawson, Gardner, Schwantz, Rainey, Doohan, Crivillé… Todos se hicieron daño”.  Y mucho daño.
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A veces uno se enfrenta a ellos caminando y se siente de visita a un hospital de campaña. Todos ellos buscaron el límite más que nadie y para encontrarlo hay que hincharse de arena y pasar algunas vacaciones en camilla. Paradójicamente, Stoner nunca tuvo ninguna avería digna de retiro (salvo aquella temporada de intolerancia a la lactosa que le obligó a olvidarse de las motos, retirado a la sombra del mundo, en Australia). Tampoco Valentino. “El día que caiga se hará mucho daño”, me dijo un periodista italiano en Jerez, en 2010, hablando de un físico privilegiado, inalterado durante más de una década. Luego, en Mugello, un par de semanas más tarde, se topó con su primera gran pesadilla.
Pero si hay un piloto que ha tenido que experimentar lo cortante que es ese filo ése ha sido Dani Pedrosa. A veces, cuando alguien lo acusa de no haber ganado nunca un título en MotoGP,  surge la pregunta, obligada, razonable: ¿Si no se hubiera hecho tanto daño a dónde podría haber llegado? Una respuesta muy eufórica devendría en mera elucubración.  El pasado no restaña las heridas, sólo deja el cuerpo quebrado y el espíritu cargado de muescas. Dani podría haber sido campeón. O no. Pero ya es un ejemplo histórico en algo. Primero, porque su búsqueda de los límites no se ciñó exclusivamente al nivel de inclinación de su moto sobre asfalto o a la tracción necesaria para evitar que la rueda trasera de la Honda patinara. Dani tuvo que buscar su propio límite respecto a las motos con las que ha cabalgado. Su envergadura, inapreciable con un monstruo de 1.000cc, fue un argumento recurrente para que algunos periodistas del campeonato avanzaran que jamás podría ganar una carrera. Fue en 2005, un par o tres de  meses antes de que el acontecimiento de Jerez le cargara de razones al piloto ante una tribu de escépticos.
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“Nadie sabe el esfuerzo que tiene que hacer Dani para colocarse en esa moto”. En parrilla no alcanzaba el suelo para hacer de caballete ante el semáforo. Y en los cambios de dirección no alcanzaba ni siquiera la talla de un jockey de hipódromo. “Es asombroso cómo lo hace y, al mismo tiempo, increíble”, me soltó en ese año 2006 Randy Mamola. Ese obstáculo, ese límite, ya era lo bastante  grande para Dani, agravado después por un peso insuficiente para frenar la moto, para meter en cintura a la Honda al desplegar sus caballos. Una vez superado el muro, el siguiente era encontrar el límite con la moto, algo que en 125 y en 250 era más asequible para él. Pero comenzaron los problemas.

O continuaron. En 125, Pedrosa ya sufría, con lastres de wolframio, los inconvenientes de su tamaño. Era diminuto entonces. Menos de 45 kilos. Su fragilidad quedó expuesta en Phillip Island, uno de los peores escaparates para exhibirla. Con la corona en la cabeza, Lukey Highs lo estrelló como a un muñeco. El resultado terrorífico. Postrado en un cama en un hospital en Melbourne, con los dos tobillos hecho añicos, temió incluso con no poder volver a caminar. Tenía 17 años. Y el alma partida. Pero se irguió, aunque fuera con muletas, para mostrar en Valencia que estaba hecho de un metal muy duro.

Sete Gibernau lo bautizó poco después, ya en 250. “Es Titanio Pedrosa.  Frío y duro”. Aquel apodo se fue ramificando por todo su cuerpo  conforme avanzaban los años. Luego vino una fractura de húmero cuando se las gastaba con Stoner en el 250. Y con esa brecha en el hombro le ganó a Casey en su propia casa. La leyenda de Titanio engordó. El pequeño samurai, astuto, ávido de victoria, inteligente, sagaz como una ardilla, proseguía su camino, pese a los quebrantos. Tibios, sin embargo, para lo que vendría en MotoGP.
MotoGP lo tiró una y otra vez. Y aprendió a levantarse, una y otra vez, como Sísifo, acarreando la enorme piedra una y otra vez a la montaña.

Su carrera no ha sido otra cosa que recomponer sus cenizas. Ya lleva 18 caídas graves, muy severas. Y ninguna pudo con él. Este año llegó a temer por la retirada, mellado como el flanco de un toro banderilleado. Pero reconstruyó su ánimo como un autómata. Rodillas abrasadas que necesitaron injertos, dedos, manos enteras, muñecas, tobillos, clavículas, pies… A Dani le quedó sano un hueso y en Le Mans tampoco resistió. La clavícula derecha se partió en dos cuando la moto lo precipitó contra el suelo. Se levantó y rápido tiró la mano al hombro como si quisiera ponerlo en cabestrillo. En su desgracia, ha aprendido a conocer que su límite siempre fue mayor que el de otros. Y que ese límite (pese a que algunos otros pilotos pretendieron elevarlo aún más) le ha reportado dolores y un autoconocimiento de sí mismo de carrera de medicina. “Pero lo que más me duele siempre es volver a empezar”, dijo una vez.  Y no será la última. Pero el titanio es irrompible.



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